sábado, 18 de julio de 2015

FILTROS

¿Nunca os habéis preguntado qué narices hacían nuestros padres o nuestros abuelos cuando eran jóvenes y hacían algo interesante? Quiero decir, no tenían smartphones, ni Facebook. No podían compartir una foto en un segundo para fardar delante de todos sus amigos. 

A nosotros, sin embargo, sí se nos ha dado ese “don”. Tenemos mil tipos diferentes de redes sociales a nuestra completa disposición, manejamos teléfonos móviles que en muchos casos son más inteligentes que sus propios dueños, y cada día actualizan nuestras aplicaciones favoritas para que sean aun mejores (es decir, para que no nos aburramos de ellas y nos bajemos otra diferente). 

Cuando mi abuelo Isidro (el Titi para los nietos) ve la dependencia que smartphones, tablets y demás han creado en nosotros, siempre se pone melancólico. Dice que es una pena, que sus tiempos eran diferentes. Y es verdad. Nuestros abuelos, en muchos casos, ya trabajaban con poco más de 15 años, en el campo, y de sol a sol. La visión que tenemos hoy del significado de la palabra esfuerzo está a años luz de la que tenían nuestros abuelos. 

El mío siempre aprovecha cualquier oportunidad para recordar sus “años mozos”, contándome historias en las que como él dice, no hay ni móviles ni tonterías “ni ná”. Y mi abuelo tiene razón: nos quejamos mucho, y nos quejamos por tonterías. Y yo el primero eh. Pero a veces no nos damos cuenta de la suerte que tenemos por vivir dónde vivimos y en el momento en el que hemos caído. 

Eso sí, aunque yo quiero mucho a mi abuelo, y entiendo lo que me quiere decir, creo solemnemente que no vale la pena comparar épocas. No tiene sentido, porque afortunadamente, la vida evoluciona, a veces para bien, a veces para mal. Eso sí, por supuesto que hay valorar lo que hicieron nuestros abuelos, porque muchos valores que ellos respetaban al máximo ahora brillan por su ausencia. Por ejemplo, el sacrificio. El saber lo que cuesta conseguir algo. Y esto lo digo porque sigo alucinando cuando veo a niños de 10-13 años con móviles más caros que una letra del piso donde viven, o cuando oigo que a un niño le han puesto una tele más grande que él en su habitación porque ha sacado un 5 y así solo le van a quedar 2. ¿Estamos tontos?

Pero a lo que iba, por mucho que diga mi abuelo, él habría hecho lo mismo. Si el hubiese tenido messenger, pues se habría puesto un nick con letras en mayúsculas y en colores rollo “TiitiiH” o “iSidRo ReShuLóN”. Si hubiese tenido tuenti en plena adolescencia, pues se habría puesto una foto suya sin camiseta de principal, y mi abuela le habría dado a me gusta. Y eso es así. También habría puesto frases de las canciones más románticas de Manolo Escobar en el estado, sus amigos le preguntarían que por quién iba y él habría dicho que “por nadie, que solo era una canción”. En twitter habría tuiteado cosas como “Muerto después de un largo día de recogida, mañana más! #Vendimia1940”, y en Instagram subiría fotos de los racimos más impresionantes con hashtags del estilo de #RácimoOfTheDay o #instauva.

En definitiva, que la vida avanza, las tecnologías progresan, pero al final las personas somos bastante parecidas, por mucho tiempo que pase, o por muchos aparatos inteligentes que pongan en nuestras manos. Somos animales, tenemos necesidades e instintos. Y uno de ellos es gustar. Sí, somos seres sociales con una necesidad grande de sentirnos admirados y aceptados por un grupo. Y claro, todas las redes sociales, las aplicaciones, los smartphones… nos dan una oportunidad inmejorable de contarle a todo el mundo lo geniales que somos, lo interesantes que son las cosas que hacemos, y la suerte que tenemos por todo. 

Y oye, esto no es del todo malo. A veces las redes sociales ayudan a expresar cosas muy chulas. Este blog no existiría sin Internet, a veces puedes conocer bien a una persona chateando durante horas. Creo que es absurdo ponerse en plan “yo no uso redes sociales porque soy auténtico”. Eres auténtico, pero también estarás muy solo dentro de poco. Simplemente hay que adaptarse. Internet está ahí, nos mola mucho, pues aprendamos a usarlo. 

Y es que el problema del que yo quería hablaros hoy está muy presente en Internet, en las redes sociales. Creo, y a lo mejor me equivoco, que cada vez más las redes sociales nos alejan de la realidad real. Y digo realidad real porque se supone que lo otro es realidad virtual. 

Os pongo un ejemplo muy claro para que lo entendáis. ¿Alguna vez habéis subido una foto a Instagram? Bueno, pues ahora se ha puesto de moda poner #sinfiltro o #nofilter (a la gente le gusta hacer ver que sabe inglés por poner un hashtag) en las fotos que subes sin retocar. Como queriendo decir “mira qué pasada de foto y no está retocada”. Creo que eso es preocupante, porque significa que ya nos hemos acostumbrado a fotos que simplemente no son 100% reales. 

Todos hemos subido alguna foto nuestra alguna vez. Y claro, tú pruebas a poner un poquito de brillo, un poquito de contraste, bajas un pelín la saturación.. y voilá! Ya podrías trabajar en Hollister. Pero es que luego te poner a mirar, pruebas los filtros esos que vienen que tienen nombre de mueble de ikea y… ya está! Clavaito a Brad Pitt! Y con un toque vintage que te da un aire moderno pero rústico. 

Obviamente esto es una exageración, pero no me negaréis que si te dejan pulsar un botoncito que te quita fealdad, peso, años y algún grano pues lo pulsas. El problema puede aparecer, pienso yo, cuando esa imagen “retocada” de nosotros mismos nos empieza a gustar más que la imagen real. También puede pasar que empecemos a pensar que la gente que ve nuestras fotos espera que tengamos un 5% más de brillo y algún filtro molón. 

Y es que ese ansia por sentirnos aceptados y queridos nos lleva a tener mucho en cuenta las expectativas de los demás. Queremos ser como la gente espera que seamos, ya sea en Internet o en la vida real. Y esto, en mi humilde opinión, es un error. Y lo sé por experiencia. Creo que esos filtros que encontramos en las redes sociales son un reflejo de los que usamos día a día. Y está bien querer gustar a los demás, pero lo principal es gustarnos a nosotros mismos. Esto es un tópico, lo sé, pero es que es verdad. 

Un filtro, por definición, es un sistema de selección en un proceso según criterios previamente establecidos. No está mal pensar en lo que nos gusta y en lo que no de nosotros mismos, pero los criterios de nuestros filtros deberían establecerse teniendo en cuenta nuestras propias expectativas, y no las de los demás. 

Y es que si dejamos que nuestra felicidad dependa de lo que los demás esperan de nosotros tenemos un problema, porque inconscientemente hemos asumido que nuestra felicidad no depende de nosotros mismos. 

Por eso creo que lo de #nofilter no debería existir, debería ser lo normal. Deberíamos atrevernos más a mostrar la realidad. De vez en cuando un filtro con toques vintage nos hace sentir artistas, y eso está genial. Pero si aparecemos nosotros… olvidaos del brillo y el contraste, no toquéis la saturación, y nada de filtros. Y una vez que la foto esté publicada, cuando todo el mundo la pueda ver, es ahí cuando vosotros, antes que nadie, podéis decir sin miedo... "me gusta".


Feliz verano!

Agradecimientos: al Titi, por su sabiduría sin límites.

sábado, 17 de mayo de 2014

Puertas

Definitely maybe. Estas dos palabras, al unirse, podrían resumir bastante bien el transcurrir actual de mi humilde y anónima vida. Tengo claro lo que quiero ser, pero no sé muy bien cómo voy a serlo. Hay pocas cosas que de verdad tengo claras, e intento vivir de ellas y para ellas. Para todo lo demás, no uso mastercard, sino que me digo a mi mismo, muy disimuladamente para que la gente no piense que estoy loco: "Definitivamente quizás". 

Le he cogido prestado el título de disco a los Oasis (no te enfades Liam) para explicar bien la poca estabilidad cerebral que se puede hallar en mi cabeza al pensar en el futuro. Una de esas cosas que sí se apoyan con firmeza dentro de mi fábrica de planes e ideales es...un lema, una manera de vivir, una forma de ser... no sé bien como llamarlo. Es una frase parecida a "Sé diferente". 

Mi filosofía de vida se basa, además de en ser feliz como pueda, en ser diferente. Y ser diferente no tiene por qué ser hacer cosas que no haya hecho nadie jamás, ni ser un ultramegacontemporáneo revolucionario, ni vestir de un solo color... Ser diferente también puede ser hacer exactamente lo mismo que hace todo el mundo, pero de una forma distinta. Y yo tengo debilidad por la diferencia. 

El caso es que hoy me he venido aquí a escupir letras y frases mal hechas para enseñaros uno de los frutos de mi ansiosa búsqueda de lo que llamo "la manera diferente". Curiosamente, es un regalo de cumpleaños que le preparé a otra de esas pocas cosas que gozan de estabilidad presente y futura en mi cabeza: Mónica, mi chica. Mi chica, que por si no lo sabéis, es (y con diferencia) la chica más bonita del mundo. 

Lo que vais a ver a continuación es un cortometraje que la he preparado para su 21º cumpleaños. El año pasado reuní a unos cuantos amigos y grabé y monté un videoclip que quedó muy chulo, y este año me dio por ahí. Es un regalo diferente (ya lo veréis) que aunque está pensado por y para ella, puede ser visto por todo el mundo. Porque habla de algo universal: las puertas.

Sí sí, puertas. Pero es mejor verlo que leerlo, así que ya no cuento más. Tan solo os digo que creo que os hará pensar. Porque a lo largo de nuestra vida abrimos muchas puertas, ¿verdad? Y algunas querríamos no haberlas abierto jamás, y otras nos cambiaron la vida. Pero, ¿y si la siguiente que abras es la definitiva, la que le da sentido a todo? Ya sabéis la respuesta: Definitivamente, quizás. 

Pinchad en el link para ver el corto, se aceptan buenas y malas críticas. 




Sed buenos, un abrazo grandote.




domingo, 23 de marzo de 2014

Tenemos lo que merecemos

Las ganas de inventar, y una tiza al cielo, marcarán la frontera de mi razón. Mi colección de angelitos negros, me recuerdan, tenemos lo que merecemos. Una vez más, y espero que no sea la última, Vestusta Morla ha despertado mis anhelos de inspiración. Y justo después he escuchado “Revolution”, de los Beatles. Demasiada buena música como para no pensar. Y en el arriesgado juego de pensar a veces surgen preguntas que te llevan a despertar aún más a tus perezosas neuronas. Y las mías, hoy, después de limpiarse las legañas, me han hecho llegar a preguntarme lo siguiente: Si todos queremos cambiar el mundo, ¿Por qué cojones nadie lo hace?

Ya os advierto que esto que vais a leer a continuación no es la típica reivindicación populista llena de insultos a los jefes del circo que supone este lugar llamado mundo. No penséis ahora en cerveza que os veo venir. Bueno, que eso, que no me voy a poner a decir todas las cosas malas que nos pasan, ni como los malos dominan a los buenos, ni nada de eso. El revuelto de palabras al que os vais a enfrentar en unos segundos es solo una reflexión humilde y nada pretenciosa, puesto que cada año que pasa tengo más claro que siempre hay alguien con un año más que yo, y que por lo tanto, tiene muchas papeletas de saber más y mejor que este aprendedor que os escribe.  

Tampoco quiero alardear de humildad, simplemente os aviso de que no voy de revolucionario ni nada por el estilo. Mi único problema es que pienso demasiado. Y a veces tengo que compartir mis racionalidades irracionales con el mundo, con el único objetivo de no dejar que mi cerebro explote. Aunque esta vez confieso que mientras bailan mis dedos en el teclado, en mi cabeza flota inestable la idea de que esto podría llegar a hacer pensar a alguien. Y eso, mola.

Me enrollo como las persianas, así que empiezo ya. Lo que quiero es intentar responder a mi pregunta del principio. ¿Por qué nadie hace nada? Seguramente a estas alturas de entrada ya habrá alguien indignado diciendo “¿¡cómo que nadie hace nada!?”  Y tiene razón. Os pido perdón por adelantado, voy a generalizar, en toda ley hay excepción. Cuando digo no hacer nada me refiero a no cambiar las cosas de verdad.

Ayer no me acosté demasiado pronto, y hoy me han despertado los ruidos que hacía una de las marchas por la dignidad al pasar por delante de mi casa. Gente de toda España caminando cientos de kilómetros para venir a Madrid, a quejarse. Admirable. De verdad, me quito el sombrero ante gente dispuesta a hacer semejantes esfuerzos por cambiar algo. De hecho, mientras escribo esto pienso en ir a la manifestación que han convocado en Atocha esta tarde. Pero tengo dudas. Por un lado, digo “tengo que ir, joder”. Por otro, hay algo dentro de mí que no me convence.

Y es que cuando pienso en lo que voy a gritar si voy, me da por pensar que no voy a conseguir nada. Lo sé, es una especie de pesimismo desalentador que invita a dejar de leer. Pero dadme un segundo, que os explico. Cuando pienso en ir a una manifestación, me doy cuenta de que voy a gritar contra unos hombres y mujeres de traje, que parecen tener en su mano mi futuro, y el de todos. Y en realidad lo tienen, deciden lo que cobramos, deciden quién puede y quién no puede estudiar, deciden prácticamente todo. El problema es que ese poder se lo hemos dado nosotros. Nos la hemos jugado a un color o al otro, pero siempre hemos perdido.

Y entonces me empiezo a preguntar si tiene sentido quejarnos de nuestra propia decisión. Que lo sé, nadie ha elegido que faciliten el despido, que suban la luz, o que recorten en sanidad. ¿Pero alguien se preocupa de verdad antes de que pase todo eso? ¿O solo nos quejamos cuando nos afecta a nosotros? Espero que no estéis pegando al ordenador al leer esto, ya os he avisado de que es una simple opinión. Y espero también que lleguéis hasta el final.

No solo pienso en que somos egoístas y un tanto hipócritas (TODOS), también pienso en cómo hemos llegado a serlo. Y supongo que cada uno barre para su propia casa, pero en este caso intento ser objetivo al 100%. Creo que el problema se llama educación. De hecho tengo una teoría no patentada que se llama “teoría de la poca valoración social del maestro”. Os la cuento lo más rápidamente posible.

Mi teoría se basa en lo siguiente: la educación, en este país, se sostiene sobre pilares endebles. Y lo más grave es que esa poca firmeza de los pilares es más que intencionada. Hablo, lógicamente, del instrumento político que suponen las escuelas para los hombres y mujeres de traje. Cada 4 u 8 años nace una nueva ley de educación cargada de fines ideológicos, y carente de soluciones para los verdaderos problemas educativos, como el abandono escolar.

Pero yo voy más allá, y me pregunto, sin meterme en política, de dónde vienen los problemas de la educación española. Y después de darle muchas vueltas, mi sensación es que parte de la fragilidad de nuestro sistema educativo viene de la mano de una cultura anticuada y poco receptiva ante posibles cambios. Y es que en este país criticamos prácticamente todo, pero cambiamos prácticamente nada. Y muchas veces, miles, he oído decir lo siguiente: “bua, magisterio, en esa carrera… ¿qué hacéis? sumas y restas, ¿no?” Ya me he acostumbrado a la ignorancia, pero el problema es que los que formulan preguntas tan estúpidas son el reflejo de una sociedad que ve la educación como algo importante, pero no imprescindible. Los profesores no son valorados socialmente como se merecen. Los salarios son bajos, pero en la calle se dice que no merecemos más porque “tenemos muchas vacaciones”.

Y lo que voy a decir ahora es triste, y denota el capitalismo inyectado que llevo, como todos, metido en mi mente desde pequeño. Si los profesores cobraran más, este país iría mucho mejor. Lo sé, si leéis solo esta última frase como poco os reís de mí. Dejadme explicarme. Los salarios de, por ejemplo, ingenieros o médicos son mucho más altos que los de un profesor de colegio. La nota de acceso a magisterio es mucho menor que la de una ingeniería o medicina. Siendo claros, solo aquellos adolescentes que tienen buenas notas medias en bachillerato se plantean estudiar esas carreras. Sin embargo, conozco mucha gente que ha decidido estudiar magisterio porque “es fácil y piden poca nota para entrar”. Esto es así, no me lo podéis negar. A mí me decía todo el mundo que cómo iba a hacer magisterio si tenía buena nota en selectividad. Eso es un error terrible.

Donde quiero ir a parar es a que lamentablemente, y puede que pierda algún lector al decir esto, hay gente que llega a ser profesor sin tener las capacidades que una profesión tan importante requiere. Los ingenieros construyen el mundo, los médicos salvan vidas, los profesores construyen personas. Si la nota para entrar a magisterio en la universidad fuese un 9 en vez de un 5, si los sueldos fueran mucho más altos, solo llegarían a formarse como profesores aquellos con más habilidades. Porque seamos sinceros, no todos valemos para lo mismo. Y la decisión de ser maestro debería tomarse después de ser consciente de que ser profesor requiere levantarse cada mañana con las ganas de hacer que tus alumnos se superen día tras día, y eso conlleva un gran esfuerzo y dedicación. Lo que os quiero decir es que no debería haber ni un solo profesor vago en este país. Porque de profesores vagos nacen alumnos vagos, y por lo tanto, ciudadanos dóciles y manejables. Espero haberme explicado bien, no creáis que mi intención es pedir un aumento de sueldo en el trabajo que aún no tengo.

Resumo. Si ser profesor estuviese tan valorado socialmente como está ser médico o ingeniero (son ejemplos eh), los sueldos serían más altos, gente más capacitada decidiría ser profesor (es triste pero cierto), y la educación sería de una mayor calidad. Cuando vamos al hospital no esperamos que nos atienda un médico que no sepa bien lo que hace. Cuando un padre o madre lleva a su hijo al colegio, tampoco debería esperar incompetencia de ningún tipo.

Para acabar ya con mi teoría no patentada, os cuento una curiosidad. En el mundo de la educación, Finlandia es uno de los referentes a nivel mundial. Sus datos de abandono escolar son bajísimos, y los profesores son considerados una autoridad social. Su gran valoración se refleja también en los salarios, que son considerablemente mayores que los de un maestro español (unos 3.400 € mensuales frente a unos 1.500 € aquí). En Finlandia la tasa actual de paro es del 8,1%; en España, del 25,8 %. No digo más.

No quiero malinterpretaciones. No digo que los terribles problemas que tiene hoy en día este país se deban exclusivamente a una mala educación o a una cultura poco seria, pero creo que esos dos factores sí tienen una influencia clave. Y es que, en mi opinión, nos educan para aceptar los fallos de los hombres de traje, para resignarnos a tener que sortear como sea los obstáculos que nos van poniendo. Tenemos una democracia que llegó como salvadora después de etapas que jamás debieron haber tenido lugar, pero que en la actualidad, se está quedando anticuada. No podemos vivir gobernados por dosis de resignación.

Sin embargo, y aquí viene lo más importante de mi mensaje, el problema no son únicamente los hombres y mujeres de traje. Sé que mucha gente podría leer esto y decirme que ellos no merecen estar en paro, ni ser desahuciados. Os prometo que estoy totalmente de acuerdo, y es injusto que dependamos tanto de gente que no está a la altura de nuestras ganas de vivir dignamente. Recordad que estoy generalizando para explicar mi idea, pero sé que hay gente que está pasando hambre después de llevar toda la vida trabajando y luchando por conseguir justamente lo contrario. Sin embargo, llevo ya 21 años mirando la sociedad que tengo alrededor. Y al mirarnos veo que nos quejamos de cosas que hacemos todos. Los hombres y mujeres de traje roban, pero creo que mucha gente en su situación haría lo mismo. Y cosas peores. Por cierto, les llamo hombres y mujeres de traje porque “políticos” no me parece adecuado. Yo creo que la política no debería estar remunerada, para que solo se dedicasen a ella ciudadanos trabajadores con una vocación social real.

Volviendo al tema, mi opinión es que los que nos gobiernan o quieren gobernar no son tan diferentes a nosotros. Solo tienen más poder, lo que los corrompe aún más. Y por ello, creo que la revolución de la que ya hablaban los Beatles, y que es hoy más necesaria que nunca, no debe basarse en cambiarles a ellos y a sus trajes, sino en cambiarnos a nosotros. A todos y cada uno de nosotros. Es necesaria una revolución a la francesa, no con guillotinas, sino con ideas. Con reflexiones individuales sobre lo que cada uno es y hace. Podremos llegar a cambiar el mundo capitalista e injusto que tenemos si llegamos a poder cambiar nosotros primero.

Sé que esto puede sonar idealista, y es más, creo que incluso lo es un poco. Pero no quiero resignarme más. Quiero cambiar, quiero limpiar mi granito de arena. Y entiendo y respeto a quien me diga que no es fácil. Cada persona es un mundo con sus problemas, cada vida es un mapa con calles diferentes. Por ejemplo, hoy hace un año que le dije “te quiero” a mi chica por primera vez, y eso es hoy lo más importante para mí. Pero… ¿por qué no esforzarnos en cambiar poco a poco? De verdad, hablo de un proceso lento, pero efectivo. Tan lento como esas abuelitas que al pagar en el supermercado vacían su monedero sobre la caja para pagar con monedas de 5 céntimos. Pero tan efectivo como su búsqueda.

No habría escrito todo esto si no creyese en todas y cada una de mis palabras. Creo que es posible. Creo que podemos cambiar el mundo, empezando por abajo. Por nosotros mismos. Hasta entonces, nos seguiremos quejando de la imagen que refleja un espejo que nosotros elegimos y no queremos mirar. Hasta entonces, seguiremos teniendo lo que merecemos.




Qué bien que hayas leído hasta el final. Si te ha gustado, o al menos te ha hecho pensar, molaría que compartieses esto con quien creas que puede apreciarlo. Gracias, ¡un abrazo fuertote!



jueves, 6 de marzo de 2014

El profesor sin alumnos

Hace demasiado tiempo que no me pasaba por aquí. No me preguntéis por qué, porque ni siquiera yo lo sé. Lo que sí sé es que hoy me ha apetecido venir, y aquí estoy. Espero que vuestra vida sea un poquito mejor que cuando publiqué la última entrada allá por mayo de 2013.

He vuelto a escribir para hacer algo que no acostumbro a hacer: fardar. Sí sí, estoy casi un año sin contaros ninguna de las numerosas absurdeces barra locuras que se me pasan por la cabeza (se me siguen pasando eh no os creáis que no…) y vuelvo haciéndome el chulito. Así soy yo. Pero creo que me perdonaréis. Presumir deja de ser una palabra evitable si sacamos pecho por un buen motivo o causa que no hace daño a nadie.

Y bueno, os cuento mi causa de presumimiento (sigo siendo inventor de palabras). Por si aún no lo sabéis, estoy estudiando Magisterio. Magisterio es la carrera que hacemos los que queremos ser profesores, también conocida como la carrera que estudias para que luego llegue el político de turno y te intente decir lo que tienes que hacer. Normalmente sus instrucciones se adornan de magníficas intenciones, pero el fin último suele ser procurar no formar un pueblo demasiado culto, no sea que algún día se dé cuenta de lo estúpido y manejable que es e intente cambiar. Lo sé, es una Wertgüenza (sigo siendo crítico).

Pero no perdamos el hilo. Mi motivo de presumimiento viene de la mano de un suceso novedoso y motivante que ha ocurrido en mi vida desde este pasado mes de enero. He empezado mi primer periodo de prácticas, en mi cole de toda la vida. Y hoy estoy aquí para fardar de mis 26 pequeños héroes y heroínas de 11 años, y de mi profesión.

Hace poco hicimos un concurso de microcuentos (más largos que los de twitter) que tuvo bastante éxito, y tras darle una vuelta de hoja (no entiendo esta expresión pero la uso –sigo siendo tonto), he decidido que la mejor manera que se me ocurre de despedirme de mis pequeños grandes alumnos es crear mi propio microcuento en su honor, y mañana se lo leeré en mi despedida.

Y lo sé, diréis “¿y a mí que me importa esto tío eres idiota tío?” (cuando escribo siempre me imagino alguien muy chungo leyendo mis entradas no sé por qué…). La verdad es que probablemente habrá cosas que no entenderéis, y os pido disculpas; pero a mí hoy me apetecía compartir esto, para presumir de oficio. Porque os juro que podréis ser más guapos, más listos, más graciosos… o más ricos que yo, pero nunca podréis decirme que habéis elegido una profesión más bonita que la mía.

Espero que os guste. Un abrazo grandote. 

Érase una vez un profesor que no tenía alumnos. Le encantaba enseñar, y más aún jugar con los niños; pero como solo tenía 21 años, todavía no tenía chicos y chicas a los que enseñar ni con los que jugar. Estudiaba y estudiaba para poder llegar a convertirse en un magnífico maestro, pero le ponía muy triste pensar que no podía practicar.

Sin embargo, un día su suerte cambió. Casi sin darse cuenta, había llegado su primer día de prácticas en un colegio. Siempre había soñado con ese momento, y estaba muy nervioso antes de que la puerta del curso que le había tocado se abriese.
Cuando por fin entró, vio que tenía delante a todo un ejército de pimientos. Sí sí, habéis oído bien, pimientos. Aquellos alumnos no eran solo niños, también eran pimientos capaces de ser muuuuuuy pesados a veces, pero sobre todo de convertir, como por arte de magia, clases de lengua, mates, cono o inglés en auténticas aventuras en las que todo podía pasar.

El profesor y sus pimientos, al mando de la gran tutora, que trataba a todos con el cariño de una madre, pasaron juntos dos meses cargados de momentos inolvidables. Pero con el paso de los días descubrieron también que parte de la magia de las historias que vivían nacía en la propia rutina que les abrazaba cada día. Divisiones con positivo, cifras y letras, mirar los cuadernos, dame la agenda, el ahorcado de conocimiento, cuento hasta 3, vuelve de las nubes, termometrus fatalus, el escayolista del maspe (que en paz descanse), el buzo que afortunadamente no llegó a reventar, canibalismo a la vuelta del baño,el “profe pero es que”

En definitiva, los alumnos y su profesor se lo pasaron en grande durante sus dos meses de convivencia. Los niños aprendieron del nuevo profe, que se esforzaba por hacerse entender; pero todavía eran demasiado pequeños para entender que los verdaderos profesores habían sido ellos. El profesor sin alumnos había aprendido con ellos y de ellos más de lo que había aprendido en 2 años y medio de carrera.

Pero como casi todo en esta vida, los dos meses de aprendizaje conjunto llegaron a su fin. Con mucha pena, el profesor tuvo que volver a ser alumno de universidad, y abandonar esa mágica rutina de la que había podido ser testigo. Sin embargo, la pena fue mucho menor que la alegría que sintió al darse cuenta de que nunca jamás volvería a ser un profesor sin alumnos. Aquellos chicos y chicas, aquellos pimientos le habían regalado un trocito de su magia para siempre.



A la clase de 5ºA, porque si siguen aprendiendo a utilizar su magia, algún día podrán intentar cambiar el mundo. Os quiero. 

domingo, 12 de mayo de 2013

Si Madrid tuviera mar

He oído muchas veces decir que a Madrid solo le falta la playa. Que si tuviese mar sería una ciudad perfecta. Yo no soy demasiado objetivo, porque nací allí, pero la verdad es que Madrid es una ciudad increíble. A mí me encanta viajar, ir a otros lugares del mundo a ver cómo se lo montan para pasar las 24 horas de cada día de la mejor forma posible. Y aunque (aún) no he visto demasiado mundo, sé de sobra que Madrid no es la ciudad más impresionante que existe. Pero tiene algo que la hace diferente. Es una ciudad llena de vida, de gente que viene de mil lugares distintos. Y aunque no tiene los mejores museos, ni las vistas más alucinantes, es una ciudad por la que apetece pasear cuando hace calor, pero también cuando hace frío. Madrid es una de esas ciudades que te invita a fabricar recuerdos, prestándote sus calles para que rías o llores.

Madrid
Sin embargo, mucha gente se queda con eso: con que Madrid no tiene mar. Y no es raro eh, a menudo juzgamos a las cosas, a las personas, e incluso a nosotros mismos, por lo que no tenemos, por lo que “nos falta”. Lo hacemos desde pequeños. Un juguete no es un juguete molón si no lo tienen otros mil niños con los que quedamos para fardar de nuestro juguete molón. Es así. Nuestras expectativas parecen preocuparse más de alcanzar lo que no tenemos que de valorar lo que sí. Por eso a veces nos hacemos daño, porque no alcanzamos objetivos que nos quedan grandes, o porque nuestras metas no son racionales, y nos acaban doliendo cuando no las cruzamos. Y esto es un problema grande, porque  el hábitat natural de las decepciones es aquel donde viven las expectativas demasiado altas.  

Casi por naturaleza, no nos conformamos con nada, y por eso nos cuesta tanto gustarnos a nosotros mismos. No nos queremos. Y yo creo que una autoestima baja es el empujoncito que le falta a cualquier problema para convertirse en tristeza. Pero no os culpo por no gustaros, en serio. Si nos preguntasen, todos diríamos que hemos visto unos ojos más bonitos que los nuestros alguna vez. Y ahí está el fallo, en compararnos sin parar con los demás. Es imposible ser feliz pensando que otras personas lo son más que nosotros. Ser feliz significa superarte a ti mismo, no a los demás. Compararte con alguien para acabar sintiéndote inferior no sirve de nada.

Pero como creo que solo con palabras no os voy a convencer, os voy a enseñar un video. Es una entrevista que hicimos esta semana Mónica (si leéis el blog creo que sabréis quien es) y yo a una persona muy especial para un trabajo de la uni. No quiero adelantar más. Solo os cuento que a esa persona (mi hermano) la vida le ha dado muchos argumentos para que quisiese compararse con los demás, para que se sintiese diferente. Y lo pasó muy mal, pero al final acabó descubriéndose a sí mismo, se conoció, y se aceptó tal como es. Y desde entonces el cielo le mira desde abajo, porque cada paso que da le hace llegar un poco más alto que el anterior.

Ah! La entrevista dura 24 minutos. Si estáis pensando “bua qué coñazo… 24 minutos…” es mejor que dejéis de leer y salgáis de aquí, porque eso significa que os falta mucha madurez para llegar a poder entender todas las cosas que se dicen en el video y lo que significan. Y si os quedáis, aprovechad cada minuto al máximo. Bueno, me callo ya, play!

Es un enlace externo a youtube, pero podéis pinchar sin miedo, se abre en una ventana nueva y no tenéis que salir del blog ;)

Espero que ver a una persona que se quiere tanto (a pesar de que la vida intentó que se odiase) os haya servido de algo. Y espero que os ayude a quereros un poquito más. Juzgar a las personas o a las cosas por aquello que no tienen o no pueden hacer no nos lleva a ninguna parte. Tenemos que valorar lo que sí tenemos, que es mucho. Nos quejamos por auténticas gilipolleces, en vez de pensar lo afortunados que somos. Lo que debemos hacer es aprovechar cada segundo de nuestra  vida, y cada cosa buena y mala que tenemos, porque solo esas cosas, y no las de los demás, nos convierten en personas. Tenemos que luchar por superarnos a nosotros mismos, haciendo las cosas bien. Es mejor sacar un 6 sabiendo que te has dejado la piel que un 8 sabiendo que podías haber sacado un 10. Creedme. Ser feliz no es tan difícil como parece, y si no volved a ver el video. No hacen falta grandes cosas, solo hay que saber valorarse, sin pensar en lo que no tenemos o en lo que hacemos mal. Hay que entender que las virtudes nos definen, pero nuestros defectos nos hacen especiales. Porque sí, si mañana Madrid tuviera mar sería una ciudad perfecta. Pero a mí ya no me gustaría tanto… porque ya no sería Madrid.


Sed buenos!